Los árboles no mueren de viejos

Los árboles no mueren de viejos

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Los árboles no mueren de viejos: la biología de una inmortalidad casi perfecta

Cuando pensamos en la muerte por vejez, imaginamos un reloj biológico que, tarde o temprano, se agota. En los animales, nosotros incluidos, ese reloj existe. Las células acumulan daño, los telómeros se acortan y la probabilidad de morir aumenta año tras año. Sin embargo, ese guion no aplica a los árboles. La biología vegetal acumula evidencias de que muchos árboles perennes no envejecen en el sentido clásico del término. Por eso los árboles no mueren de viejos: su muerte, cuando llega, casi nunca es una cuestión de «edad», sino de física, de plagas o de mala suerte.

Senescencia negativa: la ausencia de fecha de caducidad

El concepto clave es la senescencia negativa. Es un patrón en el que la probabilidad de morir de un organismo no aumenta con los años. Incluso puede mantenerse estable o disminuir. Es lo opuesto a lo que ocurre en la mayoría de los animales.

Alerce milenario en el Parque Nacional Alerce CosteroEl investigador Sergi Munné-Bosch, de la Universidad de Barcelona, ha dedicado buena parte de su carrera a estudiar este fenómeno. Según explica, en las plantas de longevidad muy larga todavía no se ha demostrado una senescencia real a nivel de organismo completo. Sencillamente, es un proceso que no se observa en la naturaleza en estas especies. Su hipótesis aparece en el artículo de opinión «Senescence: Is it universal or not?», publicado en Trends in Plant Science. En él sostiene que los factores externos que determinan la mortalidad pesan mucho más que cualquier deterioro celular programado.

Esto explica por qué conviven en el planeta árboles de cientos y hasta miles de años. Matusalén, un Pinus longaeva de más de 5.000 años en el Bosque Nacional de Inyo (Estados Unidos), es considerado el árbol más antiguo del mundo. Además, el ciprés de Abarkuh, en Irán, supera los 4.000 años. A ellos se suman ejemplares como el olivo de Vouves (Creta) o el castaño de los Cien Caballos (Sicilia). Todos desafían cualquier lógica animal sobre el envejecimiento.

En un trabajo posterior, también publicado en Trends in Plant Science, Munné-Bosch identifica los ingredientes de esta longevidad extrema. Son un crecimiento lento, una gran capacidad de regeneración y una notable tolerancia frente al estrés ambiental. Con todo, estos árboles pueden morir. De hecho, el propio artículo se titula «Los árboles más antiguos del mundo también son mortales». Su muerte no responde a un envejecimiento intrínseco, sino a acontecimientos externos que terminan por vencerlos.

Entonces, ¿de qué mueren los árboles?

Si no hay una fecha de caducidad celular, la muerte de un árbol suele seguir uno de estos dos caminos:

  • El colapso físico o mecánico. El peso del tronco y de las ramas, sumado al viento y a las tormentas, puede romper la estructura. Cuanto más grande y viejo es un árbol, mayor es la carga que soporta. Llega un punto en que la arquitectura leñosa cede.
  • La interrupción del flujo entre raíces y hojas. Las plagas de insectos, las sequías extremas, los incendios o la compactación del suelo pueden cortar la conexión vital entre las raíces y la copa. Cuando esa vía de agua y nutrientes se rompe de forma generalizada, el árbol muere. No lo hace porque su reloj biológico lo dictara, sino porque se queda sin recursos para sostenerse.

El secreto está en una capa de apenas unas células de grosor

La clave para entender esta resistencia está en la anatomía del tronco. La mayor parte de la madera que vemos es el duramen, en el núcleo del tronco. Es tejido muerto que solo cumple una función de soporte. Por encima de él está la albura, más joven, que contiene algo de tejido vivo y transporta la savia. Con el tiempo, a medida que su parénquima muere, la albura se convierte en duramen.

Corte transversal de un tronco con cámbium vascular

Justo debajo de la corteza se encuentra la capa que realmente mantiene vivo al árbol: el cámbium vascular. Es un meristemo lateral, es decir, un tejido formado por células madre indiferenciadas. Produce el xilema secundario hacia adentro y el floema secundario hacia afuera. Dicho de otro modo, fabrica la madera y la corteza nuevas año tras año. A diferencia del duramen, el cámbium conserva de forma indefinida su capacidad de dividirse y regenerarse. Además, es sensible al peso que soporta: cuanta más carga aérea sostiene el árbol, mayor es su actividad.

Esta anatomía explica por qué un árbol puede seguir vivo y creciendo aunque buena parte de su tronco esté hueco, muerto o dañado por hongos o cancros. Mientras exista una franja de cámbium sana y conectada a las raíces, el árbol puede seguir produciendo tejido nuevo sobre su vieja estructura. Literalmente, se reconstruye sobre sus propios restos.

Los estudios recientes sobre árboles longevos han buscado precisamente esta firma molecular. Un equipo liderado por Li Wang (Universidad de Yangzhou), Richard Dixon (Universidad del Norte de Texas) y Jinxing Lin (Universidad Forestal de Beijing) analizó cerca de treinta ginkgos sanos de entre 15 y 667 años. Es el estudio más completo hasta la fecha sobre el envejecimiento en plantas y se publicó en PNAS en enero de 2020. Los investigadores compararon la expresión génica en hojas y cámbium vascular. Así confirmaron que los genes asociados a la senescencia se activan con la edad en las hojas. Sin embargo, el cámbium mantiene mecanismos que sostienen su capacidad regenerativa durante siglos. Eso ayuda a explicar la extraordinaria longevidad de especies como el ginkgo.

La muerte real: cuando el cámbium desaparece por completo

Todo esto lleva a una conclusión importante. La muerte de un árbol no ocurre cuando pierde una rama, cuando se le pudre el interior del tronco o cuando gran parte de su estructura queda dañada. La muerte definitiva llega únicamente cuando todos los meristemos de esa capa viva, el cámbium, mueren o quedan desconectados de las raíces.

Esto es justamente lo que documentan los estudios de arboricultura sobre el llamado «cambium dieback», o muerte espontánea del cámbium vascular. Se trata de zonas necróticas en el tronco, las ramas o la base del árbol donde el cámbium y la corteza mueren, se agrietan y se desprenden. Cuando estas zonas muertas rodean por completo el tronco, lo que se conoce como anillado, ninguna franja de cámbium vivo queda conectada a las raíces. Entonces el árbol pierde definitivamente su capacidad de transportar agua y nutrientes, y sobreviene la muerte.

En cambio, si sobrevive aunque sea una sección de esa capa con acceso al agua del suelo, el árbol conserva la posibilidad de seguir creciendo. Puede cicatrizar heridas y regenerar tejido nuevo sobre su antigua estructura muerta. Por eso se encuentran troncos completamente huecos, partidos por la mitad o reducidos a poco más que una cáscara de corteza, y aun así verdes y en pie.

Olivo monumental milenario

Una inmortalidad con matices

En conjunto, esta evidencia dibuja una imagen fascinante. Los árboles no tienen un límite biológico programado para morir. Sin embargo, viven bajo la amenaza constante de fuerzas externas: el viento, el fuego, la sequía, las plagas y el ser humano. Todas ellas pueden romper la cadena de renovación celular que, en teoría, podría sostenerse de forma indefinida. Por tanto, su longevidad no depende tanto de resistir el paso del tiempo como de la suerte y la resiliencia frente a lo que el entorno les depare.


Fuentes consultadas: Munné-Bosch, S., «Senescence: Is it universal or not?», Trends in Plant Science; Agencia SINC, «Los árboles más antiguos del mundo también son mortales»; Wang, L. et al. (2020), PNAS; Biotech Spain, «Senescencia en el mundo vegetal: de las paradojas al éxito evolutivo»; Universidad de Barcelona (UB).